Menos Mal, que no soy Normal
No es la locura lo que duele. Es cómo nos tratan por tenerla
He convivido con el dolor que no se ve. He caminado con personas que han sido encerradas, calladas, medicadas hasta perder el nombre. Y he aprendido que el problema no es solo el trastorno mental. El problema —el más profundo— es cómo nos trata la sociedad cuando etiquetan nuestra mente como enferma.
Maltrato
institucional: cuando el sistema se convierte en verdugo
Sí, han existido golpes. Aún hay camisas de
fuerza químicas. Aún se practican ingresos involuntarios sin explicaciones
reales. A una amiga le pusieron una inyección antipsicótica sin hablar con
ella. No se resistió, solo lloraba. El personal ni la miró. Otra conocida pasó
dos semanas en aislamiento por autolesión: nadie entraba, ni hablaba con ella,
salvo para dejarle una bandeja de comida fría sobre la repisa.
A mí me preguntaron una vez si “sabía cómo tomar
una decisión” al intentar firmar mi propia alta voluntaria. Como si ser
diagnosticado con un trastorno fuera igual a ser incapaz.
No son historias del pasado. Son hoy. Son aquí.
Son realidades silenciadas en protocolos clínicos fríos que olvidan que debajo
de un diagnóstico hay una persona.
Maltrato
social: la violencia que no tiene uniforme, pero sí cara
No todo el daño viene desde hospitales o
juzgados. También está el desprecio del vecino que baja la mirada. La
entrevista laboral que nunca se concreta al ver tu historial médico. El
familiar que, por “tu bien”, te esconde decisiones, te habla como a un niño o
evita presentarte a su círculo porque “podrías desestabilizarte”.
He sido el chiste fácil en una conversación. Me
han llamado loco en tono de burla, o de lástima. He escuchado cosas como “eso
son cuentos” o “tú lo que necesitas es salir más”. Una vez le conté a un
profesor que estaba en tratamiento, y empezó a tratarme con una paciencia
artificial, como si ya no fuera capaz de pensar por mí mismo.
Eso también es maltrato. También es exclusión.
También duele.
No quiero
cuidados que anulen. Quiero respeto que empodere.
No busco que me encierren “por mi seguridad”. No
quiero que decidan por mí “por si acaso”. Quiero formar parte. Quiero
construir. Quiero que se reconozca que una persona con sufrimiento psíquico no
es menos persona. Que tener un diagnóstico no nos borra la capacidad de elegir,
de amar, de opinar, de sentir.
No soy un caso. No soy una carga. Soy alguien que merece lo mismo que tú: voz, dignidad, derechos.
Y sí, exigimos
visibilidad y acción política, no como favor, sino como derecho
Basta de hablar sobre nosotros sin
nosotros. Exigimos:
- Espacios de participación real en las políticas públicas de salud
mental.
- Representación en los medios sin caricaturas ni estigmas.
- Acceso a la palabra, a los espacios de decisión, a los presupuestos.
- Profesionales formados con empatía, y protocolos que respeten la
voluntad y el consentimiento.
- Mecanismos de denuncia seguros cuando sufrimos abusos en hospitales,
residencias o familias.
Queremos estar en los parlamentos, en los
paneles, en las asambleas. No somos anecdóticos. Somos ciudadanos. Somos parte
de esta sociedad. Y no vamos a desaparecer solo porque resulte incómodo
mirarnos de frente.
Si nos
tratamos como humanos, no hay locura que asuste
La salud mental no es una debilidad. El sistema
que ignora, encierra, infantiliza y silencia… eso sí es frágil. Eso es lo que
necesita revisión urgente.
Si tienes miedo de la locura, escucha. Si tienes
poder, transfórmalo. Y si alguna vez dudas si algo que ves es maltrato, hazte
esta pregunta: ¿Aceptarías que lo hicieran contigo o con alguien que amas?
Si la respuesta es no, entonces también deberías levantar la voz.
Porque ya basta de sobrevivir. Queremos vivir.
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