He recubierto, de hierro, mi exterior; mi interior, sigue siendo de arcilla. Aunque me muestro impasible al dolor, me siento, en la fragilidad de una silla.
Noto el dolor, color de mi quebranto, siento como hace de mí, un muñeco de trapo. Y veo todo de un color, dolor extraño, hinchado por la perturbación de mis luceros mustios, ajados.
Con la quietud, que me da sus ojos. Con esa quietud, que yo voy moldeando, con mis manos, rehaciendo en un torno sus dos figuritas de barro. Con delicadeza… para tocar los mimbres que la sustentan. Con esa delicadeza…