¿Pensaste en envenenar a tus hijos hoy?
La coca‑cola entró en mi vida como esos personajes secundarios que acaban robando la película: discreta, oscura, burbujeante, y con una lista de supuestos milagros domésticos que crece como la mala hierba. Porque este brebaje ha sido tratado siempre como un remedio universal , una especie de diosa industrial con poderes para todo. Sirve para desatascar tuberías , para levantar la mugre de sartenes que ya deberían estar en un museo, para marinar pollos enteros como si fuera un ritual de iniciación, para quitar óxido de tornillos, para limpiar monedas , para aflojar tornillos agarrotados , para dar brillo a cromados , para revivir baterías y hasta para eliminar manchas de sangre en ropa vieja, como si fuera cómplice de algún crimen doméstico. Y por supuesto, para curar la acetona , según aquel médico rural, en 1980, que me la recetó con la solemnidad de quien entrega una reliquia. Ahí empezó mi caída: un sorbo, otro, y ya, estaba atrapado. Soy miembro fundador de Coca‑Cólicos Anóni...