¿Pensaste en envenenar a tus hijos hoy?
La coca‑cola entró en mi vida como esos personajes secundarios que acaban robando la película: discreta, oscura, burbujeante, y con una lista de supuestos milagros domésticos que crece como la mala hierba. Porque este brebaje ha sido tratado siempre como un remedio universal, una especie de diosa industrial con poderes para todo.
Sirve para desatascar tuberías, para levantar la mugre de sartenes que ya deberían estar en un museo, para marinar pollos enteros como si fuera un ritual de iniciación, para quitar óxido de tornillos, para limpiar monedas, para aflojar tornillos agarrotados, para dar brillo a cromados, para revivir baterías y hasta para eliminar manchas de sangre en ropa vieja, como si fuera cómplice de algún crimen doméstico.
Y por supuesto, para curar la acetona, según aquel médico rural, en los 1980, que me la recetó con la solemnidad de quien entrega una reliquia. Ahí empezó mi caída: un sorbo, otro, y ya, estaba atrapado. Soy miembro fundador de Coca‑Cólicos Anónimos, una hermandad imaginaria de devotos del brebaje negro que se reúnen para confesar que no pueden vivir sin él, que tiemblan si falta, que se sienten huérfanos sin su burbuja, cafeína, azúcar, aspartamo, oro negro...
Lo último que he escuchado —y por lo que escribo esta diatriba, este relato‑artículo‑desahogo que sale del mismísimo culo inquieto de la vida— es una mezcla digna de alquimista de pueblo: bicarbonato, vinagre, agua caliente, sal y coca‑cola. Según cuentan, deja los pies sin olor, sin juanetes y listos para ser celebrados por la pareja o por uno mismo.
Celebrados como quien reconoce en un pie limpio, suave y recién atendido un pequeño territorio íntimo, cercano, casi ceremonial. Un pie que invita al contacto, a la atención minuciosa, a detenerse en la piel como quien se detiene en un detalle que merece ser apreciado. Un pie que queda listo para ser saboreado. Un spa casero, proletario, burbujeante, casi místico.
Pero claro, detrás de esta botella que parece inocente hay un mundo entero moviéndose. Porque la coca‑cola no solo limpia, cura, abrillanta y desatasca: vende. Vende como nadie. Inventó estrategias de marketing que hoy son dogma: el rojo convertido en emoción, el Papá Noel vestido a su gusto, la felicidad embotellada, la idea de que un refresco puede ser un símbolo nacional. Y los estados, los gobiernos, los grandes poderes, todos han jugado con ella como si fuera una herramienta diplomática: donde llega la coca‑cola, llega un modo de vivir, de comer, de pensar.
El agua, por ejemplo. Ese agua que debería ser de todos, convertida en recurso privado, en fábricas que algunos señalan por su impacto ambiental, en acuíferos exprimidos para que la burbuja siga viva. Y mientras tanto, nuestras dietas cambiaron sin que nos diéramos cuenta: la obesidad disparada, la diabetes como compañera de piso, la hipertensión como herencia cultural. Los domingos ya no huelen a paella: huelen a hamburguesa. Halloween sustituyó a las castañas. Las noches de pizza sustituyeron a las sobremesas.
Y sin darnos cuenta, se metieron por la puerta de atrás y nos la metieron bien gorda.
Porque no solo entró la coca‑cola: entró Estados Unidos entero con su maquinaria de publicidad, con Hollywood, con sus comedias calcadas, con sus chistes repetidos, con su humor enlatado. Una invasión silenciosa, suave, casi educada… que dejó de serlo. Ahora es ruidosa, estridente, descarada. Ahí está la frontera con Marruecos, convertida en un hervidero que Trump y Netanyahu han contribuido a encender con sus decisiones, sus discursos, sus movimientos. ¿Quién decidió que el mundo podía jugarse como una partida de ajedrez donde los peones somos siempre los mismos? ¿Quién decidió que los conflictos se podían activar desde un despacho a miles de kilómetros? ¿Quién decidió que la geopolítica era un espectáculo y no un destino?
Y mientras tanto, ¿Quién gobierna realmente?
¿Quién mueve los hilos? ¿Quién decide qué comemos, qué vemos, qué celebramos, qué olvidamos? ¿Quién decidió que el planeta era una despensa infinita? ¿Quién decidió que la riqueza justificaba cualquier daño? ¿Quién decidió que unos pocos podían quedarse con la tarta entera mientras el resto pelea por las migas? ¿Quién decidió que el futuro podía hipotecarse sin preguntar?
Porque mientras bebemos refrescos y vemos comedias repetidas, los ganaderos pequeños desaparecen por miles cada año, las tierras se abandonan, los alimentos pierden sabor, los recursos del planeta se exprimen como si fueran eternos.
¿Quién decidió que la tierra podía agotarse para que unos pocos mantuvieran sus privilegios? ¿Quién decidió que la vida de millones valía menos que el beneficio de unos pocos? ¿Quién decidió que la salud era un negocio? ¿Quién decidió que la comida era mercancía y no vínculo? ¿Quién decidió que el planeta podía arder mientras ellos seguían cortando la tarta?
Y entonces, la pregunta que más duele: ¿Cuándo dejamos de preguntarnos nada?
Porque quizá la verdadera invasión no fue la coca‑cola, ni las hamburguesas, ni las películas, ni las fiestas importadas. Quizá la verdadera invasión fue el silencio. Ese silencio que aceptamos sin resistencia, sin sospecha, sin memoria. Ese silencio que nos convirtió en espectadores de nuestra propia vida. Ese silencio que nos dejó sin preguntas. Ese silencio que nos dejó sin respuesta. Ese silencio atronador... Saquen sus propias conclusiones.
Salud y mucho amor

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