Dictadura del Proletariado
El cuarto estado no es solo una categoría social; es una frontera política. Representa el momento en que la burguesía —que había sido revolucionaria en 1789— se convierte en clase conservadora, defensora de sus privilegios y de un orden económico que la favorece. A partir de ahí, la historia europea se llena de tensiones: el proletariado organizado reclama derechos, salarios, tiempo, dignidad; la burguesía industrial y financiera responde con reformas cuando puede y con represión cuando teme; los Estados oscilan entre abrir espacios democráticos o cerrarlos mediante violencia. El cuadro se sitúa justo en ese cruce: la multitud avanza, la luz se abre, pero el horizonte político es incierto.
Históricamente, cuando el cuarto estado ha intentado ocupar su lugar, la reacción ha sido feroz. El fascismo —en Italia, en Alemania, en España, en tantos otros lugares— surge como respuesta organizada para frenar la emancipación obrera. No es casual que los primeros objetivos del fascismo fueran los sindicatos, los partidos obreros, las cooperativas, las huelgas, las asociaciones vecinales. El fascismo se presenta como defensa del “orden”, pero ese orden es el de una burguesía afinada, protegida, temerosa de perder su hegemonía. La ultraderecha contemporánea hereda ese impulso: la idea de que el conflicto social debe resolverse no ampliando derechos, sino restringiéndolos; no redistribuyendo poder, sino concentrándolo.
El término dictadura del proletariado, formulado por Marx, no describe un régimen autoritario en el sentido moderno. Habla de un periodo de transición en el que la clase trabajadora controla el Estado para impedir que la burguesía recupere su poder económico y político. Es, en teoría, una dictadura contra la minoría privilegiada, no contra la sociedad. Su objetivo es desmontar las estructuras que permiten que una élite capture la riqueza y el poder. En la práctica histórica, el concepto se deformó, se aplicó de manera desigual y en ocasiones derivó en autoritarismos que traicionaron su sentido original. Pero la idea central permanece: el cuarto estado debe tener la capacidad de gobernar sin ser saboteado por quienes desean mantener sus privilegios.
Hoy, el cuarto estado no es solo el proletariado industrial. Es un conjunto más amplio: trabajadores precarios, temporeros, repartidores, cuidadores, migrantes, jóvenes sin acceso a vivienda, quienes sostienen la economía sin participar en sus beneficios. El cuadro de Pellizza sigue vigente porque muestra algo que aún no se ha resuelto: la tensión entre quienes producen la riqueza y quienes la administran desde arriba. La ultraderecha contemporánea intenta restaurar un orden donde la burguesía —financiera, inmobiliaria, tecnológica— mantiene su dominio. El cuarto estado, en cambio, sigue avanzando, aunque hoy lo haga fragmentado, disperso, sin la unidad que Pellizza pintó.
El cuarto estado no es una clase: es una pregunta. ¿Quién debe decidir sobre la vida común? ¿Quién sostiene el mundo y quién lo dirige? ¿Quién avanza hacia la luz y quién intenta detener ese avance? El cuadro nos recuerda que la historia no está cerrada, que la multitud puede caminar, que la luz existe, que el conflicto entre democracia social y privilegio económico sigue siendo el eje de nuestro tiempo.
Salud y mucho amor

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