Las metáforas del mercado
aprendido a hablar en metáforas cotizables. La honestidad se tasaba en lingotes de oro, pero los rumores y la hipocresía estaban a la baja; eran más baratos y, por lo tanto, más accesibles. Aquellos que querían compartir su visión del universo eran negociantes de emociones, ofreciendo sus ideas empaquetadas con slogans ingeniosos y ofertas 2x1 en likes y compartidos.
Cada día, la plaza principal se llenaba de vendedores ambulantes de filosofía barata y compradores de ilusiones sociológicas. Un hombre, delgado como una sombra al borde de desaparecer, empezó a recitar poesía desde la esquina olvidada del mercado. No tenía ningún logotipo ni colores llamativos, solo palabras que brillaban con su propio significado. Decía cosas como:
"La libertad es el hilo que une las máscaras de carnaval, pero nadie quiere llevar el rostro desnudo."
Se burlaba del sistema, pero su sátira era tan exquisita que lo ignoraban. La gente lo veía como otro vendedor de emociones, incapaz de competir con los descuentos de la indignación viral. Su poesía era filosófica, sí, pero no daba la comodidad que las metáforas prefabricadas ofrecían: no era digerible.
Un día, un inversor emocional importante lo escuchó. "Esto es oro," pensó. Y lo convenció de empaquetar su poesía en cápsulas rápidas, aptas para el consumo masivo. De repente, sus versos empezaron a aparecer en vallas publicitarias:
"Sé libre. Compra la verdad premium."
Él, que se había burlado de la mercantilización del alma humana, ahora era el rostro de su ironía más cruel. La sátira no era ya un arte; se había convertido en el producto estrella del mercado. Pero él sabía la verdad que nunca podría decir: el mercado nunca cambia. Solo embellece sus mentiras con las ideas de quienes intentan derrotarlo.
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