Vocación mis cojones
Cada día me enfrento a la contradicción de cuidar a quienes más lo necesitan mientras las instituciones nos abandonan. ¿Cómo se puede hablar de dignidad en la atención cuando quienes la prestamos apenas llegamos a fin de mes? Nos obligan a sostener servicios esenciales con plantillas reducidas, ratios imposibles y recursos mínimos. Y luego se llenan la boca con discursos de inclusión y derechos humanos.
Las fundaciones y asociaciones que gestionan estos servicios se han convertido en engranajes de un sistema que externaliza lo público y abarata costes a costa de nuestras espaldas. Somos mano de obra barata para tapar las vergüenzas de las administraciones. La precariedad no es un accidente: es una estrategia. Mantenernos con miedo, con contratos inestables y con sueldos que rozan el mínimo es la forma de garantizar que no levantemos la voz.
Y mientras tanto, la calidad de la atención se resiente. No porque no queramos dar lo mejor, sino porque es imposible cuidar bien cuando estás agotado, cuando tienes que atender a más personas de las que puedes, cuando no tienes tiempo ni para respirar. La precariedad laboral se traduce en precariedad en los servicios, y eso lo sufren directamente las personas vulnerables que dependen de nosotros.
Estoy cansado de que nos llamen “héroes invisibles” mientras nos condenan a la invisibilidad económica y social. No quiero medallas ni discursos vacíos: quiero condiciones dignas, estabilidad y respeto. Porque sin trabajadores dignificados, no hay atención digna. Y las instituciones lo saben, pero prefieren mirar hacia otro lado.
Lo más perverso de todo esto es que incluso cuando existen programas de ayuda, nos obligan a callar. No podemos difundirlos demasiado porque si la gente los pide en masa, no hay recursos para cubrirlos. Es un sistema diseñado para aparentar solidaridad, pero en realidad se sostiene sobre la escasez y la exclusión.
Hoy mismo me decian: “hay instituciones que dan comida a quien lo necesita”. Y yo respondo: sí, claro, dos veces al año, en el caso de Carmen, una mujer de 89 años que vive en la absoluta pobreza y que depende de la caridad institucional para sobrevivir. ¿Qué clase de ayuda es esa? ¿Qué dignidad hay en darle un lote de alimentos dos veces al año y dejarla el resto del tiempo en la miseria?
Nos obligan a ser cómplices de un sistema que impide estar donde realmente se necesita. No podemos acompañar, no podemos cubrir las urgencias, no podemos dar continuidad. Nos ponen límites burocráticos, ratios imposibles, presupuestos ridículos. Y mientras tanto, las personas vulnerables se quedan solas, invisibles, esperando un recurso que nunca llega o que llega tarde y mal.
Las instituciones se llenan la boca hablando de “programas sociales”, de “atención integral”, de “derechos garantizados”. Pero yo lo vivo cada día: detrás de esas palabras hay un vacío enorme. Hay programas que existen solo en el papel, que se anuncian en ruedas de prensa pero que no se pueden aplicar porque no hay personal, no hay financiación, no hay voluntad real.
Y lo más doloroso es tener que mirar a los ojos de Carmen, de Juan, de tantas personas, con discapacidad o con problemas de salud mental, y saber que lo que les ofrezco no es suficiente. Que el sistema me impide darles lo que necesitan. Que aunque yo quiera estar, ayudar, acompañar, las instituciones me atan las manos.
No es falta de vocación, no es falta de ganas. Es un sistema que precariza a quienes trabajamos y abandona a quienes necesitan. Es un círculo vicioso: salarios miserables para los profesionales, servicios raquíticos para los usuarios, discursos vacíos para la opinión pública. Y todo sostenido por la mentira de que “se está haciendo algo”.
Conclusión:
Estoy cansado de mirar a los ojos de tantas personas y sentir que lo que les ofrezco no alcanza, que el sistema me obliga a darles migajas cuando merecen dignidad. Estoy cansado de que nos llamen héroes mientras nos condenan a la miseria, invisibles en nóminas precarias y discursos vacíos.
Pero estoy decidido a acabar con esto. Porque sé que la verdadera transformación no nace de la caridad ni de las promesas incumplidas, sino de la fuerza colectiva, de la valentía de quienes no aceptamos seguir siendo explotados ni silenciados.
Sin trabajadores dignificados, no hay atención digna.
Sin recursos reales, no hay derechos garantizados.
Sin compromiso político, no hay justicia social.
Sin cohesión, sin lucha y sin valor social, no habrá jamás los cambios que necesitamos.
Hoy no hablo solo de cansancio, hablo de determinación. Porque nuestra voz, nuestra unión y nuestra resistencia son la única garantía de que las personas vulnerables reciban lo que merecen: respeto, cuidado y dignidad.
P.D.: Eso es lo que deseo también para mí: para mi vida, para mi presente y para mi futuro.
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