La Rebelión del Sinsajo

La rebelión del Sinsajo

A veces me pregunto cuántos, si tuvieran delante una decisión que lo cambia todo, actuarían sin dudar. Cuántos se lanzarían a proteger lo que

sienten vivo y valioso. Cuántos se atreverían a romper aquello de nosotros mismos que ya no soportan, aunque luego aparentemos ser gente tranquila y razonable. Cuántos empujarían ese impulso de autodestrucción que llevamos siglos practicando. Cuántos, en el fondo, creen que quizá no merecemos seguir aquí.

A veces parece que seguimos mirando un espectáculo que no nos toca… pero ya nos toca. Ya no está lejos. Ya no es “en otro país”, “en otra costa”, “en otra vida”. La destrucción se ha acercado tanto que ya huele: incendios que ensucian nuestro aire, terremotos que parten nuestras calles, guerras que se sienten en la piel de quienes tenemos al lado. Ya no es un rumor lejano: es una grieta que cruza nuestra propia casa.

Y luego está esa contradicción tan nuestra: en momentos de ego, cansancio o calentón decimos que quizá merecemos desaparecer, que somos un desastre como especie, que la extinción sería casi un descanso. Pero cuando la realidad nos sacude de verdad —cuando el fuego avanza, cuando la tierra tiembla, cuando las bombas caen sobre gente que solo quería vivir— entonces lloramos, nos duele, nos asusta.

¿Queremos seguir aquí? ¿Queremos que todo esto tenga arreglo? ¿Queremos de verdad desaparecer cuando decimos que merecemos la extinción? ¿O solo hablamos desde la rabia, mientras en el fondo deseamos que el mundo no se rompa del todo?

El sol no calienta igual para todas. Hay quien vive con lo justo… y hay quien ni siquiera llega a empezar el mes. No es que falte dinero para llegar al final: es que el mes empieza ya roto. En España, más de un 26% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión. Más de dos millones de personas viven con menos de lo mínimo. Y mientras tanto, el 1% más rico del planeta acumula casi la mitad de toda la riqueza mundial. En un mundo con tanta abundancia, ¿Cómo puede existir tanto vacío? ¿Cómo puede haber tanto sufrimiento?

El río tampoco riega igual: unas manos reciben agua limpia y otras apenas recogen barro. La huerta no reparte igual, y lo sabemos. Cambian los escenarios, cambian las palabras, pero el fondo es el mismo: desigualdad con otro nombre, otra forma, otra excusa.

Y quienes mandan… no están solos. Quienes les sirven ya no llevan solo trajes y despachos. También llevan uniformes, armas, placas, credenciales. Les servimos todos: dejamos nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra vida, nuestro dinero, todo, para sostener ese uno por ciento que vive como si el mundo fuera suyo. Les servimos sin querer, sin pensarlo, sin darnos cuenta. Les servimos porque el sistema está diseñado para que lo hagamos.

A la mayoría nos dan una mínima sensación de poder, una chispa de privilegio que casi no se nota, pero que basta para enfrentarnos entre nosotros. Esa es la trampa: dividirnos para que no miremos hacia arriba.

La verdad es que hace tiempo que nos ganaron la partida. Y aun así seguimos creyendo que podemos cambiarlo todo con nuestras manos. Y sí, podríamos. Pero nos han borrado la idea. Nos han quitado la costumbre de defendernos. Nos han convencido de que levantar la voz es mala educación, que pedir respeto es exagerar, que tener dignidad es molestar.

Les ponemos nombres a las calles, levantamos estatuas, colgamos placas. Les llenamos los bolsillos sin darnos cuenta. Les celebramos. Les damos las gracias por cosas que, en realidad, nos van desgastando por dentro, como una lluvia fina que no se nota hasta que ya ha calado. Y lo más extraño es que lo hacemos con entrega, como si fuera una obligación moral, como si no hubiera otra forma de vivir.

A veces me pregunto cómo puede ser esta negación tan profunda. Cómo llegamos a aceptar sin pensar. Cómo repetimos gestos que no nos protegen. Cómo nos convencen de que así está bien. Cómo…

Nos venden la libertad como si fuera un producto más del supermercado: en oferta, empaquetada, lista para llevar. Pero esa libertad no es la que nace del coraje ni de arriesgar algo propio. No. Es una libertad de mentira, una libertad cómoda, hecha para que no miremos demasiado lejos. Una libertad que se conforma con un rato de evasión, con una rutina que adormece, con un entretenimiento que nos mantiene quietos.

Y en medio de todo eso, seguimos intentando creer que somos libres. Que decidimos. Que elegimos. Que aún queda algo nuestro que nadie puede tocar.

Nos dicen que somos libres porque podemos elegir entre cinco marcas de cerveza, porque podemos pasar la tarde “desconectando”, porque podemos dejarnos llevar por rutinas que no exigen pensar. Libertad de imbecilidad funcional: la justa para que no protestes, insuficiente para que pienses. Y qué bien les funciona. Qué rentable es una población que confunde libertad con un rato de evasión y un consumo que parece inocente.

Mientras tanto, quienes diseñan esta libertad de juguete siguen acumulando poder como si fuera aire privado. Nos dan pequeñas distracciones para que no miremos el escenario completo. Nos entretienen con debates vacíos, con polémicas fabricadas, con temporadas que se repiten como si el tiempo fuera un carrusel sin salida. Y nosotros, encantados, porque pensar cansa y es más fácil dejarse llevar.

Pero cuando lo miras de verdad, sin ruido, sin anestesia… duele. Duele ver cómo nos han ido apagando la pregunta, cómo nos han ido quitando la voz, cómo nos han convencido de que conformarse es lo normal. Duele ver cómo la libertad se ha convertido en un sedante suave, en una manta tibia que tapa la inquietud, en un calmante que evita que miremos hacia dentro.

La sátira no exagera: señala. Y lo que señala es un mundo donde la libertad ya no libera, sino que entretiene. Una libertad que no abre puertas, sino que apaga dudas. Una libertad que no exige coraje, sino consumo. Una libertad que nos quiere dóciles, distraídos, satisfechos con lo mínimo.

Y, aun así, en medio de esta feria de luces baratas, queda quien no entra en el juego. Quien mira el decorado y reconoce la trampa. Quien siente que algo dentro se rebela, aunque sea pequeño, aunque tiemble. Quien no se conforma con la libertad de los imbéciles porque sabe que esa libertad es solo una jaula con música. Quien busca otra cosa: una libertad que duela un poco, porque solo lo que duele de verdad nos despierta.

Recuerda esto, Javier: incluso en un mundo diseñado para que no pensemos, siempre queda alguien que decide mirar más allá del ruido. Ese gesto mínimo, casi invisible, es lo único que todavía incomoda a quienes mandan. Porque un gesto así, repetido por muchas manos, puede convertirse en símbolo. Y un símbolo, cuando arde, ya no lo apaga nadie.

Ese símbolo eres tú. Ese símbolo somos quienes aún no aceptamos la libertad de los imbéciles. Ese símbolo, aunque les pese, sigue vivo. Sigue latiendo. Sigue apuntando al cielo como un Sinsajo.

“Cuando el sinsajo canta, alguien debería empezar a escuchar.”

Gracias por estar aquí. Soy Javi, y esto es @mihorqueta1830.

“Cuando el silencio se vuelve costumbre, la rebelión empieza en la primera palabra.”

 



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