Decrecimiento emocional: una propuesta para desinflamar el mundo

 Escribo desde una intuición que lleva tiempo golpeando: hemos hipertrofiado las emociones hasta

convertirlas en un recurso explotable, una materia prima más dentro del engranaje productivista. Si el decrecimiento —como lo formula Carlos Taibo— denuncia la publicidad, la obsolescencia y el consumismo como dispositivos que inflan artificialmente nuestras necesidades, yo quiero añadir un cuarto vector: la sobreexcitación emocional como forma contemporánea de dominación.

No hablo de sentimentalismo, ni de sensibilidad. Hablo de una inflación emocional estructural, diseñada, amplificada y distribuida por los mismos mecanismos que fabrican deseos, caducidades y obediencias. La publicidad no solo nos vende objetos: nos vende estados afectivos prefabricados, modulados para que reaccionemos sin pensar. La política no solo legisla: administra emociones colectivas, las excita, las polariza, las convierte en combustible. El consumo no solo satisface: promete alivios afectivos instantáneos, como si cada compra fuera una micro-salvación.

Y en esa lógica, nuestras emociones han sufrido lo mismo que nuestras papilas gustativas ante el azúcar industrial: una alteración exponencial del umbral de estímulo. Ya no sentimos: reaccionamos. Ya no pensamos: nos activan. Ya no elegimos: nos empujan.

Por eso propongo este concepto: decrecimiento emocional (ignoro si el concepto existe previamente)

¿Qué significa decrecer emocionalmente?

En primera persona, lo formulo así: decrecer emocionalmente es retirar mi afectividad del mercado, desengancharla de los dispositivos que la capturan, y devolverle una escala humana, lenta, no espectacular.

  • Es desinflamar la respuesta, negarme a que cada estímulo sea una urgencia.

  • Es desacelerar la afectividad, no porque sea débil, sino porque quiero que sea libre.

  • Es desobedecer la manipulación emocional que estructura la publicidad, la política, el consumo y la vida digital.

  • Es recuperar la capacidad de sentir sin ser dirigido, sin ser excitado, sin ser convocado a la reacción permanente.

El decrecimiento emocional no es retraimiento; es insumisión afectiva. Es una forma de resistencia que opera en el territorio íntimo, pero que tiene consecuencias colectivas: si no reacciono como esperan, si no deseo lo que me programan, si no me indigno cuando me convocan, rompo la cadena de producción emocional que sostiene buena parte del capitalismo contemporáneo.

Por qué este concepto pertenece al pensamiento del decrecimiento

El decrecimiento clásico denuncia tres pilares:

  • la publicidad como fábrica de deseos artificiales,

  • la caducidad como motor de consumo,

  • la acumulación como ideología dominante.

Yo añado un cuarto: la emocionalidad hipertrofiada como dispositivo de control.

Porque la publicidad manipula emociones; la caducidad genera ansiedad; el consumo promete alivio; la política explota miedo y esperanza; las redes sociales fabrican dopamina. Todo es emocional. Todo está diseñado para que sintamos más de lo que podemos sostener y menos de lo que necesitamos comprender.

El decrecimiento emocional es, por tanto, una extensión natural del decrecimiento político: si queremos sociedades menos dependientes del consumo, necesitamos sujetos menos dependientes de la excitación emocional que lo sostiene.

Hacia una práctica anarquista del decrecimiento emocional

Lo digo desde mi propia experiencia: decrecer emocionalmente es una forma de autogestión afectiva. No delego en la publicidad lo que debo desear, ni en la política lo que debo temer, ni en las plataformas lo que debo sentir.

Es una práctica que se parece a la anarquía en su sentido más académico:

  • descentralizar la afectividad,

  • desjerarquizar los estímulos,

  • desobedecer la excitación programada,

  • recuperar la autonomía del sentir.

No se trata de sentir menos, sino de sentir sin ser gobernado.

Salud y Amor

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