[9/3, 22:58] J.B.P: Más amar que odiar


Me quedé con ganas de decir, de terminar, y no quiero que me lo tengas en cuenta. ¿Quién soy yo para opinar sobre lo que ocurre en tu trabajo? No quiero ofenderte ni molestarte; lo siento por darte esta carga.

Cuando te puse el ejemplo de Vanesa, en realidad quería explicar algo que me pasa a mí: cuando me siento amenazado, algo dentro de mí se activa casi de manera automática. No siempre soy capaz de identificarlo en el momento, pero mi cuerpo y mi mente reaccionan como si estuvieran frente a un peligro real. Esa sensación de vulnerabilidad me empuja a ponerme a la defensiva, y es entonces cuando puedo mostrarme hostil, agresivo o excesivamente tajante. Otras veces me ocurre lo contrario: me apago, me retraigo. No porque quiera atacar ni desaparecer, sino porque, en el fondo, estoy intentando protegerme.

En esos momentos me descubro quejándome más de lo habitual, como si la queja fuera una forma de justificar mi postura o de desviar la atención de lo que realmente me incomoda. También repito ideas una y otra vez, aferrándome a afirmaciones redundantes que me dan una falsa sensación de seguridad. A veces recurro a adjetivos que no aportan nada, pero que funcionan como un escudo emocional para marcar distancia y evitar sentirme expuesto.

Mi actitud se vuelve rígida, poco flexible, casi impermeable a lo que la otra persona intenta decirme. Es como si cerrara una puerta desde dentro para no enfrentarme a lo que me duele o me desestabiliza. Y aunque desde fuera pueda parecer agresividad, en realidad es miedo: miedo a perder el control, a equivocarme, a no ser suficiente, a que me hieran. Sobre todo, a que me hieran.

Con el tiempo he comprendido que estas reacciones no son más que mecanismos de defensa. No surgen porque quiera herir a nadie, sino porque, en ese instante, mi prioridad es sobrevivir emocionalmente. Reconocerlo no siempre es fácil —la mayoría de las personas ni siquiera llega a hacerlo—, pero entenderlo me ayuda a mirarme con más honestidad y a intentar responder conscientemente a lo que me sucede, en lugar de reaccionar sin pensar. Aunque no siempre lo consigo.

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