Fronteras Europeas. Muerte y Mentira.
Ceuta y Melilla acaban de vivir una nueva entrada masiva. Es mentira que sea la mayor de su historia
reciente: ha ocurrido muchas veces, la cuestión es cuántas nos la han contado y cuántas han pasado sin convertirse en noticia. No es un episodio aislado ni un accidente fronterizo; es una pieza más dentro de un patrón que se repite desde hace décadas.Para entender ese patrón hay que mirar atrás. En 1936, cuando el dictador y genocida Francisco Franco se sublevó, lidero el golpe de estado contra la República elegida por el pueblo democráticamente. Contrato a miles de soldados del Protectorado marroquí —los Regulares— para abrir la guerra. “Con la doctrina de ‘robar, matar y violar todo lo que podáis’, Aquella fuerza fue utilizada como punta de lanza en la represión inicial, y los historiadores han documentado episodios de violencia extrema en su avance por Andalucía y Extremadura. A muchos de esos combatientes y a sus familias se les concedieron después pensiones vitalicias, un vínculo material y político que sobrevivió al propio franquismo y que muestra hasta qué punto Marruecos ha estado presente en la historia interna de España desde mucho antes de la Marcha Verde. No es un detalle menor: es parte de la memoria que explica la relación actual, sus tensiones y sus silencios.
En Marruecos existe una estructura de poder extremadamente centralizada, donde el rey Mohamed VI controla sectores estratégicos del país: economía, seguridad, inteligencia, recursos naturales y relaciones exteriores. Ese control absoluto define el funcionamiento del Estado y marca los límites de lo que puede ocurrir dentro de sus fronteras. Saquen sus propias conclusiones.
Diversos informes internacionales —ONU, Europol y organismos antidroga europeos, siempre tan sensibles al money, money y a los intereses que los sostienen— señalan que Marruecos es el mayor productor de hachís del mundo, y que las redes criminales dedicadas a ese negocio están profundamente arraigadas en el país. No se trata de grupos aislados, sino de organizaciones con estructura, logística y capacidad transnacional.
También se ha documentado que estas redes no podrían operar a gran escala sin algún grado de tolerancia, connivencia o corrupción dentro de estructuras estatales, como ocurre en muchos países donde el crimen organizado se mezcla con intereses políticos. La frontera entre poder y delito se vuelve difusa, y esa zona gris explica por qué ciertas actividades prosperan mientras otras se persiguen con rigor.
Esa presencia histórica se prolonga en fenómenos contemporáneos que rara vez se explican con claridad. En los últimos años, diversas investigaciones no policiales han señalado la actividad de redes criminales internacionales —algunas con base en Marruecos, otras conectadas con organizaciones de Países Bajos, Italia, Francia o América Latina— que operan en España con una estructura profesionalizada. El tráfico de hachís y cocaína se ha convertido en un negocio transnacional que utiliza rutas flexibles y una logística cada vez más sofisticada.
Una de esas rutas es el Guadalquivir, convertido en corredor nocturno para embarcaciones rápidas que remontan el río hasta puntos de descarga en marismas y caños secundarios. No es un fenómeno aislado: es parte de un sistema criminal que aprovecha la geografía, la falta de vigilancia en determinados tramos y la capacidad de corromper o intimidar a quienes deberían impedirlo. Cuando esas rutas se facilitan —por descoordinación, saturación policial o corrupción puntual— el flujo aumenta. Cuando no se facilitan, cuando se cierran los canales o se intensifica la presión, esas mismas redes buscan otras formas de tensión: llenar las vallas, saturar los pasos fronterizos, convertir la migración en un instrumento más dentro de un tablero que mezcla economía ilegal, política y territorio.
Por eso, esta emigración no nos preocupa en el sentido que se repite en titulares. No es un fenómeno espontáneo ni un movimiento social descontrolado. Es la superficie visible de un entramado mucho más amplio, donde confluyen intereses estatales, redes criminales y estrategias diplomáticas. La frontera es escenario, pero también mensaje.
La prensa española, hoy propiedad de fondos y fortunas que dictan la línea editorial, insiste en que lo ocurrido no es espontáneo, aunque su credibilidad hace tiempo que se diluyó. Pero si, estamos de acuerdo que pocas cosas o ninguna pasan fortuitamente. Se habla de una operación calculada, de una jugada de billar en la que Rabat mueve ficha para reforzar su relato sobre la marroquinidad de las dos ciudades autónomas. El método es conocido: abrir la mano en la frontera, permitir la salida de miles de jóvenes y generar un impacto inmediato que obliga a España a reaccionar en caliente. La crisis se convierte en argumento.
Lo nuevo no es la presión. Lo nuevo es el eco internacional. Por primera vez, voces relevantes de Estados Unidos e Israel han amplificado públicamente la narrativa marroquí. El embajador israelí ante la ONU calificó a Ceuta y Melilla como enclaves coloniales en África. El hijo de Netanyahu ya había difundido en redes una fantasía geopolítica que dividía la Península en España y Al‑Ándalus, alineándose con la idea de que las ciudades autónomas no son plenamente españolas.
En Estados Unidos, el congresista Mario Díaz‑Balart —figura cercana a Marco Rubio— incluyó en un informe del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes una frase inédita: situaba a Ceuta y Melilla en territorio marroquí y mencionaba la reclamación histórica de Rabat. No es un documento vinculante ni cambia la postura oficial de Washington, que sigue reconociendo la administración española. Pero marca un precedente: por primera vez, una pieza institucional estadounidense recoge la tesis marroquí y la proyecta hacia el debate diplomático.
El manual es viejo. En 1975, la Marcha Verde. En 2021, la respuesta tras la acogida humanitaria de Brahim Ghali. En 2026, una nueva presión migratoria que reproduce el mismo esquema: tensión en la frontera, ruido internacional, cuestionamiento simbólico de la soberanía y un mensaje dirigido a Madrid y Bruselas. La Unión Europea ha descrito episodios similares como guerra híbrida. Y no es exagerado: la migración se convierte en instrumento, en palanca, en aviso.
España, pese a su pertenencia a la UE y la OTAN, recibe una respuesta tibia de sus aliados. La crisis se desarrolla en un terreno incómodo: Marruecos es socio estratégico para Estados Unidos en el norte de África, aliado preferente de Israel y pieza clave en la política de seguridad mediterránea. En ese tablero, Ceuta y Melilla son pequeñas pero significativas. Y cada movimiento en la frontera revela hasta qué punto su estabilidad depende de equilibrios que no siempre se juegan en Madrid.
Lo que está ocurriendo no es nuevo, pero sí es más visible. La narrativa marroquí se internacionaliza. La presión migratoria se normaliza como herramienta diplomática. Y España se enfrenta, una vez más, a la necesidad de defender la soberanía de dos ciudades que son frontera, símbolo y advertencia.
Alegato
No son migrantes. No son cifras. No son oleadas. No son “entradas”. Son personas.
Personas con nombre, con madre, con infancia, con miedo. Personas que no cruzan el Estrecho para “invadir” nada, sino para huir de un mundo que les ha sido arrebatado por la codicia de otros. Personas que mueren porque alguien, en algún despacho, en algún palacio, en alguna mesa de negociación, decidió que su vida valía menos que un interés económico, menos que un acuerdo, menos que un mapa.
El Estrecho, el Mediterráneo, el Atlántico frente a Canarias: son fosas comunes. No metafóricas. Reales. Silenciosas. Inmensas.
Cada persona que se hunde es una derrota moral de todos/as/es. Cada barca que desaparece es una prueba de que el mundo sigue organizado para que unos vivan, otros sobrevivan y otros mueran. Y sobreviven mal, porque el sistema está diseñado para que unos pocos acumulen poder, riqueza y territorio, mientras millones se quedan sin tierra firme bajo los pies.
Y mientras tanto, levantamos fronteras, levantamos vallas, levantamos muros que no protegen vidas: las separan. Vallas que desgarran, concertinas que hieren, disparos que pretenden detener cuerpos que solo buscan seguir vivos. Todo ese arsenal fronterizo no evita la muerte: la desplaza hacia el mar, hacia la noche, hacia el silencio.
El Estrecho, el Mediterráneo, el Atlántico frente a Canarias: todos convertidos en fosas comunes. No por accidente, sino por diseño. Porque cuando se cierran las rutas seguras, se empuja a las personas hacia rutas mortales. Porque cuando se levantan muros, se cava una tumba. Porque cuando se dispara para defender una frontera, se dispara contra una vida.
Mueren porque alguien quiere ser más que otro. Mueren porque el poder necesita fronteras. Mueren porque la desigualdad es rentable. Mueren porque la vida de algunos vale menos en los balances de quienes mandan.
Y aun así, seguimos llamándolos “migrantes”, como si ese término los despojara de humanidad, como si los redujera a un fenómeno, a un flujo, a una estadística. Pero no lo son. Son personas que deberían estar vivas. Personas que tenían derecho a estar vivas. Pero luego, un aborto —para la comunidad católica apostólica romana— les parece un asesinato.
NO a los pasaportes. NO a las soberanías. NO a los Reyes.
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