¿Qué tienen en común INTRESS, Manantial, Grupo 5, Leroy Merlín y Hacienda?


Yo he sido maltratado, abusado, torturado y acosado laboralmente por instituciones que presumen de ética, de misión social, de responsabilidad pública. INTRESS, Fundación Manantial, Grupo 5,  Leroy Merlin y Hacienda. Nombres distintos, el mismo mecanismo. El mismo olor a poder cuando se siente impune.

Lo que viví no fueron episodios aislados: fue una cadena. Una repetición. Un patrón que se activa cada vez que alguien detecta que soy vulnerable, honesto o demasiado consciente. Cada vez que confío, cada vez que digo la verdad, cada vez que me muestro humano.

Siempre ocurre igual: cuento lo que me hicieron, cómo me trataron como si no fuera sujeto de derechos, cómo ejercieron su autoridad para romperme por dentro. Y quien escucha, creyendo ayudar, se convierte en juez, abogado, coach, psicólogo improvisado. “Eso es denunciable.” “Denuncia.” “Yo iría al juzgado.”

Como si denunciar fuera un interruptor. Como si la denuncia reparara la fractura. Como si la denuncia devolviera la dignidad. Como si la denuncia no exigiera una fuerza que a veces ya no queda.

Yo entré en INTRESS en 2004. Monitor, luego educador. Creí en el proyecto, en la rehabilitación psicosocial, en la casa. Me sentí seguro. Me sentí dentro. Me sentí útil. Y un día, en una conversación íntima con el director, cometí el error de abrirme: le dije a Galleta de bolsillo que tenía una enfermedad mental grave y crónica diagnosticada desde los tres años y once meses.

No buscaba privilegios. Buscaba verdad.

Ese día cambió todo. Él ascendió. Dejó a Calabacín arrugado al frente. Yo observé irregularidades: comida que desaparecía, recursos desviados, prácticas turbias. Y desde mi ingenuidad honesta pregunté si tenía algún problema económico que explicara que se llevara comida de la residencia a su casa y a la de su suegra. Su marido, Santus Santorus, orbitaba alrededor de todo aquello como una sombra que también sabía demasiado.

Al día siguiente me llamó al despacho. Me miró como si hubiera roto un pacto invisible. Y me soltó la frase que marcó el inicio del acoso:

“Nos has engañado a todos. Tú no puedes trabajar aquí. Eres un loco más.”

Ahí empezó la persecución. Física, psicológica, laboral. Se sumaron compañeros. Se sumaron silencios. Se sumaron miradas que antes eran aliadas y ahora eran cuchillos.

No me castigaron por lo que hice. Me castigaron por haber dicho quién soy.

Y ese patrón se repitió en Manantial, en Grupo 5,en Leroy Merlin, en Hacienda. Cada vez que el sistema detecta sinceridad, conciencia o vulnerabilidad, responde con violencia. Cada vez que digo la verdad, alguien decide que soy un problema. Cada vez que confío, alguien decide que soy una amenaza.

Como diría Robe, cantante de Extremoduro: contarlo todo, todo, todo… pero esta es solo la primera parte.

Esta es mi declaración. Esta es mi diatriba. Mi voz no es un expediente. Mi historia no es un trámite. Mi dolor no es un consejo jurídico improvisado.

Es mi vida. Y la cuento porque existe.

Y si uno observa con atención cómo funciona este mecanismo, cómo se mueve socialmente, cómo evoluciona y qué utilizan para acabar contigo, descubre que el acoso laboral no es un caos: es un proceso ordenado, casi matemático, casi ritual. Empieza cuando detectan la vulnerabilidad, cuando huelen tu sinceridad, tu humanidad, tu diferencia, como depredadores que reconocen el temblor en la presa. Continúa cuando exponen la grieta, amplificándola, señalándote como inestable, problemático, raro, usando silencios, miradas y rumores para sacarte del grupo sin sacarte físicamente. Después llega el momento de silenciar tu voz, cortarte cuando hablas, ridiculizarte cuando explicas, acusarte de exagerar cuando intentas defenderte, hasta que tu palabra pierde valor social y tu verdad se vuelve sospechosa.

A partir de ahí comienza la fase de presionar hasta quebrar, con tareas imposibles, cambios repentinos, órdenes contradictorias y aislamiento, empujándote a fallar para usar tus fallos como prueba, desgastándote emocionalmente, llevándote al borde. Entonces el entorno se transforma y empieza a oprimir con el entorno, porque el grupo se suma, los compañeros callan, miran, participan, y el acoso deja de ser una persona para convertirse en un clima que te rodea, te estrecha y te deja sin aire. Más tarde aparece la necesidad de justificar la violencia, con frases como “es que no encaja”, “es que tiene problemas”, “es que es conflictivo”, convirtiendo la agresión en algo lógico, razonable, incluso necesario para ellos. Y finalmente llega la última fase: obligar a desaparecer, que renuncies, que enfermes, que te rompas, que desaparezcas del mapa laboral y social, que seas un recuerdo incómodo que nadie menciona.

Ese es el mecanismo. Ese es el proceso. Eso es lo que hacen: despojarte de tu lugar, de tu voz, de tu identidad, de tu dignidad.

En esta travesía, mi cabeza iba muy rápida, no pensaba claro, las soluciones siempre eran drásticas, amplificadas, no podía decidir, no podía respirar. Vivía en un estado de alerta constante, como si cada pensamiento fuera una sirena y cada emoción un incendio. La solución que busqué fue encontrar otro puesto de empleo en otro lugar después de 14 años. Pero antes de llegar a esa salida, mi mente se llenó de intentos desesperados, de planes que nacían de la angustia y del agotamiento.

Antes de esta solución se me ocurrió denunciarlo dentro de la propia institución. Las personas que me recogieron fueron, una jefa por encima de mis torturadores, alguien que les tenía ganas de pillarles en algún renuncio, pero se quedó en nada. Luego el comité de ética de INTRESS: lo componía una sola persona, una mujer que le quedaba un año o dos para jubilarse y que lo máximo que pudo hacer fue tomarse conmigo un café. Un café como gesto, como consuelo, como impotencia. Un café que no cambió nada.

Se me ocurrió subirme al tejado del centro e iniciar una huelga de hambre, y mil cosas más que llegué a planificar y organizarme. Mi cabeza era una fábrica de soluciones extremas, porque cuando te están rompiendo, lo extremo parece lógico. Fui a hablar con un abogado laboralista, pero el proceso me dio mucho miedo cuando me lo explicó. Mucho miedo. Un miedo que paraliza, que te encoge, que te hace sentir que cualquier movimiento puede empeorar la caída.

Decidí buscar y callar. Encontré en Fundación Manantial un puesto como preparador laboral en un CRL (centro de rehabilitación laboral) para personas con “enfermedad mental grave y crónica”. No lo han visto, jejejeje, pero el subconsciente es muy listo: iba a poner “enfermedad laboral grave y crónica”. Llegué roto, llegué… lloro al día de hoy al explicar esta mierda. Llegué como quien llega a un refugio después de un bombardeo, con la ropa quemada y el alma hecha trizas.

Se inauguraba el centro. Ese día estaba lleno de personas, directivos, gente de la Comunidad de Madrid, “gallifantes”, fotos por aquí, por allá, hablar con unos, con otros. Y de repente escucho una voz: “¿Dónde está mi chico?”. Era Calabacín arrugado. Que me abrazó, me dio un beso y me dijo al oído: “Te tengo cogido de los huevos”. Y volvió a gritar: “¡Mi chico!”. Yo sonreí estúpidamente. No puedo explicar lo que sentí. Me rompió más. Me atravesó como un disparo silencioso.

Estoy recordando películas de Robert De Niro, Johnny Depp, actuando como mafiosos italianos, cuando sale la típica escena en la que el don, el jefe, te daba un beso y eso significaba que te pegaban un tiro en la nuca y te enterraban en un agujero debajo de un puente, al lado del río, para criar malvas. Ese beso. Ese gesto. Ese “mi chico”. Ese abrazo. Era exactamente eso: la marca del condenado.

En las primeras semanas en el CRL de Manantial todo parecía ir bien, o eso quería creer. Tenía un despacho, y allí me refugiaba. No había todavía personas que atender; irían entrando poco a poco. De puertas para afuera era el ave fénix desplegando todo mi encanto. De puertas para adentro era un despojo consumido, muy drogado por la medicación psiquiátrica, agotado, con un cansancio que no era físico sino existencial. Siempre con sueño.

Me sentaba en la silla, fingía que tenía algo importante que hacer en el ordenador, y a los dos minutos mi cabeza caía sobre la mesa y cerraba los ojos. No me dormía: estaba atento a cualquier ruido que anticipara la posible interrupción de una “compañera” o un “compañero”. No tenía nada que hacer. No tenía nada sano dentro de mí. Tampoco en el contexto en el que me movía.

Mi misión era volver al anonimato, convertirme otra vez en un ninja, como lo había sido desde los 14 años hasta 2014. Nací en 1976. A los 14 entendí que o pasaba desapercibido, camuflado, o me comían. Esa es otra historia, llegará.

Retomo el hilo. Antes, una apreciación: follar provoca cariño y el maltrato provoca adicción, para quien lo da y para quien lo recibe. Al menos eso me pasa, o me pasó. No sé si puedo hablar en pasado. Creo que no caigo en el vicio, pero a veces repito. Ahora me doy cuenta. Respetarme, salirme de esa autopista para regresar.

Regreso. Allí estaba yo, el hombre de la triste figura, intentando que no se dieran cuenta. En ese aburrimiento absoluto y ese estado de alarma, cotilleaba la página web de Manantial. De repente descubrí que tenían un formulario para presentar un proyecto y participar en un certamen cuyo ganador se llevaba un premio de 6000 euros.

Encontré algo que me dio un suspiro de ilusión. Tenía un proyecto que había realizado hace tiempo y ya había ganado algún premio. Estaba redactado, trabajado, con estudios financieros y todo. Me puse a rellenar el formulario y me apunté. Para mí era el acto más inocente, humilde y casi motivador.

Pensé, pensé y pensé tanto que casi reventé. Todos los días teníamos reuniones. Era complicadísimo asistir. Me costaba hablar, expresarme. Meses después me quedé callado del todo: no podía hablar. No era físico, era emocional.

En esas reuniones, alguna vez pensé en contar que me había presentado. No por vanidad, no por ego desmesurado (aunque en alguna ocasión me acompañó), sino por decir algo, por rellenar ese tiempo tan extraño. Pero para qué decirlo. Seguro que sería un conflicto —donde hay personas hay dolor y guerra— y no iría a ningún lado. No creía que seleccionaran mi proyecto. Si lo seleccionaban, no creía que ganara nada.

Imagino que sabes que pasó todo lo contrario. Me seleccionaron. Y gané el primer premio.

Estábamos en CaixaForum celebrando no sé qué mierdas de Fundación Manantial —me lo invento: el trecedigesimo centenario, yo qué sé, soy hereje— unas 1500 personas. Yo me iba por la puerta, no podía más con mi existencia ni con la existencia de quienes me rodeaban en esa acción superflua, vanidosa y egocéntrica.

Y escucho, al tocar la puerta, mi nombre como ganador.

Tuve que subir al escenario. Ver a todas esas personas aplaudiendo, preguntando. Yo miraba, buscaba una mirada cercana, amable. Fue horrible. Fotos, apretones de mano, un cheque gigante de cartón como en las películas americanas. Abrumado era poco. No fue bueno para mí.

La directora del CRL, mi jefa, se fue de la sala. Bajó la mirada y marchó. Pensé que algo había sucedido. Me preocupé. ¿Le habría pasado algo? Surgieron muchas preguntas.

Lo primero que hice cuando me liberé fue llamarla.

Y se puso a gritarme por teléfono. De todo. De todo.

No entendía nada. Estaba como una liebre cuando le dan las luces largas de un coche.

Continuará

Salud y Amor

 

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