PRIMER MOVIMIENTO: Amanece, que no es poco.


Retomar una historia implica un tiempo de repaso y meditación. En mi caso, ese barbecho mental puede durar una semana o dos. Mientras camino, le doy vueltas a cómo he transmitido el relato, pulo las frases, juego con los conceptos y voy recopilando en la cabeza cómo cojones quiero seguir contando las cosas. Yo es que pienso mejor cuando camino, como los peripatéticos, aunque las mejores ideas, las más lúcidas, me vienen siempre cuando cago recién levantado. Es lo que hay. Desde aquí les invito a tener compasión con el que se tropieza; de verdad, practiquen la amabilidad, que falta hace.

El caso es que ahí estaba yo, en mitad de la calle, con otras tres personas del pueblo. Hablábamos de vacas, de caballos o del dolor de rodilla de alguno, ya ni me acuerdo. Íbamos andando, bajando una cuesta, cuando de pronto escuchamos una voz cortando el aire:

—¡Oye, tú! ¿Es que no coges el teléfono?

Miré a mi derecha, justo donde se abre una posibilidad de camino que no había tenido en cuenta. Es decir, una calle a la derecha. Pero entiendan que si no le meto estos giros literarios me aburro como una ostra. ¿Se imaginan una novela que fuera totalmente tautológica? Me pregunto si existirá algún libro escrito así... En fin, divagar le encanta a mi cabeza. Respeten mi divagar, cojo el hilo.

Miramos todos a la derecha y vimos otro coche de la Guardia Civil. Esta vez la pareja era hetero y venían sin los chalecos antibalas de las fuerzas especiales. La mujer agente me repitió la cantinela con tono de reproche:

—¿No coge usted el teléfono?

Pues mire, señoría, no cojo el teléfono por la sencilla razón de que siempre, absolutamente siempre, lo llevo en silencio.

(Abro paréntesis terapéutico: no se imaginan lo ridículamente sano que es no coger el teléfono. Mantenerlo en silencio es un acto de legítima defensa, un escudo contra la inmediatez neurótica de un mundo que exige que estés disponible las veinticuatro horas para gilipolleces. Silenciar el móvil es, básicamente, gritarle al engranaje que tu tiempo te pertenece a ti y no al primero que decida marcar tu número. Cierro paréntesis).

En esas estábamos cuando las tres personas que me acompañaban decidieron seguir andando, con una parsimonia corporativa, como restándole importancia a la escena y dejándome sutilmente atrás. Tengo que decir que en este selecto grupo también estaba Jesús, el alcalde. El jinete cobarde de la pradera volvía a cabalgar.

Me quedé allí solo, hablando con la pareja de agentes. No puedo evitarlo: cada vez que veo a la Benemérita me viene a la cabeza José Luis Cuerda. Ese cuerpo civil al final de la película de Amanece, que no es poco, gritando aquello de: "¡No aguanto más, esto es un sin Dios!", o aquella otra escena de su película Tiempo después con los dos hombres guardias civiles durmiendo en la misma cama, pero respetándose. Qué jodidamente grande.

Viéndome en el mismo plató surrealista, me descubrí repitiendo la misma frase del día anterior:

—¿Saben ustedes cuáles son las repercusiones de esto en un sitio así? No vengan más, por favor. Ya he hablado con la empresa de Madrid y reconocen que todo ha sido un flagrante error de comprensión lectora.

Tras unos minutos de intercambio estéril, se subieron al coche y se fueron. La verdad es que no he vuelto a saber nada más de ellos. Mi vida siguió su curso por aquí y no hubo ninguna repercusión. O, al menos, yo no me he percatado de ella ni la he sentido.

Aunque esto de sentir es un terreno pantanoso. ¿No les pasa a veces que viene alguien y les dice muy serio: "Oye, estás nervioso", y tú respondes: "No, no lo estoy, ¿por qué debería estarlo?, ¿es que tú sabes algo que yo no sé? De verdad, estoy perfectamente, ¿yo no siento que esté nervioso”? Y entonces la otra persona te mira con cara de lástima y te suelta: "Ya, claro... es que no te quedan uñas en los dedos de las manos. A ver, enséñame los pies... ¿Y esos arañazos sangrantes en la piel?".

Y tú, mirando tus propios dedos destrozados, respondes: "Naaaa, es piel seca. Ahora me echo un poco de Nivea y como nuevo".

Durante la tormenta uno se agarra a cualquier clavo ardiendo, pero hay que reconocer que en muchas ocasiones soy un absoluto maestro, un cinturón negro de noveno dan en el noble arte de esquivar la vida.

La vida es compleja, muy compleja. Según escribo estas líneas en el teclado, estoy escuchando música. Justo en este preciso instante suena de fondo Carla Morrison con su canción Disfruto. Y es superior a mis fuerzas: no puedo no emocionarme, no puedo no cantar, no puedo no llorar. Tu locura es mi ciencia.

Los días continuaron fluyendo con ese placer tibio que solo degustamos algunas personas con la rutina. Con las repeticiones costumbristas exactas y milimetradas a tu medida.

(Y aquí es donde entra el verdadero bálsamo de primera línea para la cordura: el contexto y la repetición de días exactamente iguales. Al más puro estilo de las viñetas de Zerocalcare, con mi propio armadillo de la conciencia sentado en la silla recordándome mis taras, admito que la monotonía es mi búnker. Para una mente que arrastra tres mochilas pesadas y un zumbido constante, que los martes sean idénticos a los jueves no es aburrimiento; es una puta bendición divina. Es saber exactamente a qué hora va a pasar el panadero, cuántos pasos hay hasta el contenedor y que nadie va a venir a romper el maldito decorado con chalecos antibalas. La rutina te quita la ansiedad de tener que decidir cómo sobrevivir a las próximas dos horas. Es un cuidador silencioso que no te cobra la sesión y te envuelve en una manta de previsibilidad. Despertar, refresco de cola, el mismo camino, los mismos olores, la misma quietud. Repetir el bucle. Un día tras otro. Porque cuando el mundo exterior es una jungla hostil dispuesta a devorarte por un quítame allá esas pajas, el costumbrismo repetitivo es el único armazón que impide que los pedazos de tu cabeza salgan volando por los aires).

El escudo funcionaba. El bucle diario me mantenía a salvo. Sin embargo, el sheriff seguía pisándome los talones en mi cabeza, y el guion, como siempre, se guardaba un as en la manga. Un as que me obliga a mirar mucho más atrás por el retrovisor. Porque ese sheriff adulto que hoy te busca con sirenas y uniformes no es más que la evolución biológica de un viejo conocido de la infancia. La autoridad civil que te acosa hoy empezó siendo el hombre del saco de ayer; esa figura opresora, oscura y sin rostro que representaba el miedo a ser atrapado por las normas de los adultos cuando solo eras un niño indefenso intentando proteger tu propio mundo.

Continuará...

Salud y Amor

 

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