PRIMER MOVIMIENTO: Las flores fuera del asfalto
La diferencia
es que a Truman le llovían focos del cielo artificial; a mí me llovieron
llamadas telefónicas diez minutos después de firmar un contrato. Pero la
sensación de paranoia inducida, de que el escenario entero está compinchado
para ver cómo reaccionas, es exactamente la misma.
Cuando cerré
la puerta de mi casa en el pueblo, dejé atrás el pool de Leroy Merlin,
las caras de los figurantes mirando fijamente sus pantallas y las directrices
invisibles de un sistema que te contrata por la subvención y te escupe por la
edad. Llegué aquí buscando aire limpio, huyendo de la jungla de cemento donde
solo se nos permite existir si producimos. Necesitaba que el asfalto dejara de
agrietarse bajo mis pies.
Pero el
cerebro no se apaga al cruzar el umbral. Al revés. En el silencio absoluto de
la España olvidada, ese rugido de la cabeza que empezó en las vías del metro se
vuelve más nítido. Los tres diagnósticos que arrastro en la mochila no son un
escudo, son la coartada perfecta que el director de la película utiliza para
justificar que todo lo que veo es mentira. Si protestas, estás brotado. Si
denuncias la irregularidad, es tu esquizofrenia. Si dices que te están
vigilando las hienas, es que necesitas más medicación. El guion está tan bien
escrito que el espectador siempre aplaude al psiquiatra y duda de la víctima.
Sentado en la
penumbra de mi refugio, rodeado por esa soledad tan densa, empecé a mirar el
decorado. Soma ya no estaba físicamente conmigo; en ese momento solo me
acompañaban sus cenizas. Y Popy todavía no había llegado a mi vida. Estaba
completamente solo frente a las cuatro paredes. Ya no estaba bajo tierra en la
caja de dos por dos del Bibliometro, ni vigilando pantallas de transacciones
bancarias mundiales. Estaba fuera. Fuera del engranaje. Y es justo ahí, cuando
te sales del plano y dejas de actuar como ellos esperan, cuando el Show de
Truman corporativo empieza a tambalearse.
Aún no había
abierto el buzón para encontrarme la carta de Hacienda. Estaba en esa tregua
mínima y suspendida donde las flores, por fin, empiezan a brotar lejos de las
aceras hostiles.
Me encontraba
una mañana en mi calle. Tenía un destornillador en la mano y estaba hablando
con Jesús, el alcalde de mi pueblo. Él no se había bajado de su coche;
hablábamos a través de la ventanilla sobre cosas maravillosas, de esas que
sostienen la vida en los márgenes: de cuándo llovería por fin, de lo rico que
está el pollo asado o de si te has enterado de lo que le ha pasado a Tere. Una
estampa costumbrista, tranquila. Hasta que el decorado de Truman se agrietó de
golpe.
Apareció un
coche de la Guardia Civil con la pareja al completo. Desde el vehículo, el
agente que iba al volante soltó una frase con un tono desmedidamente alto, una
voz profunda y teatral que parecía sacada directamente de un personaje de Los
santos inocentes. Al recordarlo me
riolloromemeomedeprimomealteromepongocachondomehagounapaja, pero el tío soltó a
bocajarro:
—¿Tú eres el que te quieres suicidar?
En ese preciso
instante, Jesús, el señor alcalde, me miró de reojo y balbuceó:
—Me voy, Javi, te dejo con tus cosas.
Arrancó el
motor y se marchó como un viento pasajero y amargo, un cobarde de la pradera en
toda regla dejándome tirado en mitad de la calle. Yo me quedé allí, con cara de
que me acabara de atropellar un burro dando marcha atrás sin haberme enterado
de por dónde venía el golpe.
Se bajaron del
coche oficial. Y aquí es importante señalar el detalle para la escena: se
bajaron blindados, con chalecos antibalas puestos. Lo primero que hizo uno de
ellos fue abalanzarse sobre mí, quitarme el destornillador de la mano y
lanzarlo lejos, contra el suelo. Acto seguido, los dos policías se desplegaron
a mi alrededor iniciando una estrategia de emboscada militar al más puro estilo
Braveheart. Yo era el escocés acorralado y ellos los ingleses ocupas.
Me
interrogaron en frío, preguntándome si yo había amenazado con suicidarme a una
empresa de Madrid. Dije rotundamente que no. Les exigí saber por qué cojones
estaban montando ese circo en mi calle. Su respuesta fue que desde una central
de Madrid los habían alertado porque, supuestamente, yo había enviado un correo
electrónico anunciando mi muerte.
(Hagamos aquí
un pequeño paréntesis)
En ese momento
exacto en mi cabeza empezó a sonar la canción Es Feo, de Manos de Topo.
Una vez, limpiándome los oídos con un palitroque con algodoncillo, sonó de
golpe el teléfono fijo. (Muy boomer, sí, ¿y qué? Arriba los teléfonos fijos).
Me acerqué rápido, cogí el auricular y me lo llevé al oído olvidando por
completo que no había sacado el bastoncillo de dentro. El dolor provocado fue
espectacular, un pinchazo agudo que me atravesó el cerebro. Pues algo idéntico
sentí en los oídos en mitad de la calle. Como ese mito popular que dice que
cuando hablan mal de ti te pitan los oídos; algo parecido, pero físico, real,
un zumbido violentísimo.
Entraron en mi
casa. Entraron por todo el hogar sin orden de registro ni contemplaciones,
invadiendo mi espacio sagrado. Me obligaron a encender el portátil, a abrir mi
correo electrónico personal frente a ellos, a fiscalizar mi intimidad.
Revisaron cada cajón de la casa, registraron hasta mis calzoncillos y, tras
comprobar que no había peligro, se marcharon dejándome el suelo pisoteado.
Me quedé
consternado, abatido y profundamente enfadado. Al revisar el rastro de mi
supuesta "amenaza", entendí la jugada. Después de la humillación en
Leroy Merlin, yo había enviado un correo electrónico de protesta. Cito
textualmente:
"Despedir a una persona con 50 años, con un 65% de discapacidad y tres
diagnósticos psiquiátricos es un suicidio laboral..."
Ahí estaba la
trampa. Cuando has intentado suicidarte dos veces en tu vida, parece que el
sistema te expropia las palabras. Ya no tienes derecho a usar ese concepto, ni
siquiera como metáfora. Si lo haces, titubeas, porque sabes que la maquinaria
utilizará tus antecedentes para activar el protocolo del miedo. Releyeron mi
metáfora laboral con la lente de mis tres diagnósticos para mandar a los
chalecos antibalas a mi puerta.
No me quedé
callado. Llamé por teléfono inmediatamente al contacto que tenía de la empresa.
Al otro lado de la línea me cogió una mujer. No dudé. Le solté textualmente:
—Me habéis matado laboralmente y me habéis matado socialmente. ¿Tenéis idea de
las implicaciones que tiene lo que acabáis de hacer en un pueblo de 70
habitantes de la España Vaciada, cojones?
La mujer al
otro lado del teléfono balbucea. Intenta armar una defensa torpe y me dice que
fue ella la que llamó, que tuvo miedo de que fuera a hacer «cualquier cosa».
Vamos a ver.
¿Primero: «cualquier cosa»? No tiene el valor ni la decencia de decir las
palabras correctas: matarme o suicidarme. Pero sí le encuentra todo el sentido
del mundo a llamar a la Guardia Civil, que en estos pueblos pequeños cumple
funciones eminentemente sociales. ¡Tócate los huevos! Tienen la sensibilidad
metida directamente en el agujero por donde les sale la mierda. En serio,
tienes la capacidad psicosocial de un mandril dentro de un centro comercial.
Llámame, pregúntame, habla conmigo y respeta mi derecho a enfadarme (porque no
pienso pedir perdón por su incompetencia), pero no. La señora es coordinadora
de un Centro Especial de Empleo y tiene una carrera universitaria en Trabajo
Social; ahí tienen el glorioso nivel de comprensión lectora del mandril del
centro comercial.
Al final, la
paradoja fue grotesca: terminé consolando yo a la "profesional" por
su cagada monumental. Colgué y colé el teléfono en la cartuchera. Seguí con mi
vida en el pueblo, pero con el cuerpo rígido, preocupado por las repercusiones,
por el cotilleo inevitable de una comunidad tan pequeña, por el pánico de
volver a ese rincón oscuro del que no quería regresar.
Sin embargo,
el guion de Truman a veces te da sorpresas. Jesús, el alcalde, ese hombre que
nunca ha salido más allá de los límites de la provincia de Ávila y Salamanca,
jamás le dijo una sola palabra a nadie. No tiene carrera universitaria, no
tiene títulos colgados en la pared, pero demostró tener muchísimo más sentido
común, humanidad y lealtad que toda esa pasarela de batas blancas y despachos
madrileños. El jinete cobarde de la pradera resultó ser, a su manera, un hombre
de honor.
Pero la
persecución de la Guardia Civil no terminó ahí. ¿Saben esos carteles típicos de
las películas del Salvaje Oeste donde aparece el rostro de un delincuente en
blanco y negro y la promesa de una suculenta bolsa de 500 pesos para quien lo
capture? Qué grande el Spaghetti Western italiano, joder, ¡ole Almería y Sergio
Leone! Pues exactamente así me veía yo. Sentía que todos los cuarteles de la
comarca tenían mi cara colgada con chinchetas en el tablón de anuncios, un
pasquín que decía: «Se busca al puto loco que se quiere suicidar. Tengan
cuidado, es peligroso porque se quiere matar. Al que le toque los huevos,
Hacienda le da un regalito».
Todo esto es
ironía, claro, pero en el fondo de ese desierto hay una verdad tan grande como
un templo. El sistema te señala, te pone precio y te convierte en el forajido
de su película para justificar su propia violencia.
Al día de hoy,
el sheriff seguía pisándome los talones. Al día siguiente, me encontraba de
nuevo en la calle...
Continuara...
Salud y Amor

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