El cuento del pueblo que decidió dejar de sostener el cielo
Había una vez un pueblo pequeño, tan pequeño que cabía entero en una mirada cansada. Sus habitantes vivían bajo un cielo enorme, un cielo tan grande que parecía hecho para aplastarles.
No era un cielo natural: era un cielo sostenido por columnas. Y las columnas eran ellos.
Cada día, desde que amanecía hasta que el sol se cansaba, el pueblo entero empujaba hacia arriba para que el cielo no se les viniera encima. Los ricos del valle —los hiper‑ricos, los que vivían en casas con más habitaciones que ideas— decían que aquello era “el orden natural”. Los políticos del reino, siempre muy ocupados en inaugurar cosas que no habían construido, aseguraban que “el cielo es pesado, pero es por vuestro bien”. Y los sabios del mercado, esos que hablaban en un idioma hecho de porcentajes y desprecio, repetían que “si el pueblo dejara de sostener el cielo, el cielo caería, y sería culpa del pueblo”.
El pueblo, obediente y cansado, seguía sosteniendo.
Hasta que un día, una niña —una niña flaca, con las rodillas llenas de tierra y la mirada llena de preguntas— dijo:
“¿Y si soltamos?”
Los adultos se rieron. Los ricos se indignaron. Los políticos convocaron una rueda de prensa. Los sabios del mercado escribieron un informe de 300 páginas explicando por qué la niña estaba equivocada.
Pero la niña insistió. Y como la insistencia es contagiosa, el pueblo empezó a pensar. Pensar es peligroso cuando uno ha vivido toda la vida sosteniendo algo que no eligió.
Un anciano dijo:
“Yo ya no tengo fuerzas. Si soltamos, que sea hoy.”
Una mujer respondió:
“Si el cielo cae, que caiga. Quizá al caer descubramos que no era cielo, sino techo.”
Un joven añadió:
“Y si era techo, ¿quién lo puso?”
La pregunta quedó flotando como una chispa.
Y entonces, sin asamblea, sin decreto, sin permiso, soltaron.
El cielo cayó.
Pero no cayó sobre ellos. Cayó sobre las casas de los ricos, que descubrieron que el cielo que les protegía era el mismo que aplastaba a los demás. Cayó sobre los políticos, que se quedaron sin escenario para sus discursos. Cayó sobre los sabios del mercado, que descubrieron que sus gráficos no servían para detener nada.
El pueblo, en cambio, se quedó de pie. Respiró. Miró hacia arriba. Y vio algo que nunca había visto: el verdadero cielo, el que no pesa, el que no cobra alquiler, el que no exige sacrificios.
La niña sonrió. El anciano lloró. La mujer levantó la cabeza. El joven dijo:
“Ahora que no sostenemos nada, podemos construir algo.”
Y así empezó la historia del pueblo que dejó de sostener el cielo para sostenerse a sí mismo.
Ni dioses, ni amos.
Salud

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