Si el mundo arde, ¿por qué nos sorprende que la gente corra?
avanzan por mares y fronteras como quien atraviesa una noche sin luna, guiados solo por una esperanza que a veces es tan pequeña que cabe en la palma de la mano. Y, aun así, cuando esas vidas aparecen en la televisión, algo se pierde. Se vuelven ruido, discusión, titulares que no saben mirar despacio.
Pero cada
rostro que aparece en esas imágenes es un mundo entero. Un mundo que ha amado,
que ha tenido miedo, que ha reído alguna vez. Un mundo que no cabe en ninguna
categoría.
Europa
debate, España debate, todos debaten. Pero la verdad es más sencilla y más
difícil: hay personas que caminan porque quedarse duele más que partir.
Personas que cruzan el agua como quien cruza un umbral sagrado, con la certeza
de que al otro lado quizá haya un lugar donde descansar la vida.
La filosofía
dice que somos tránsito. Que nadie permanece donde nació, ni siquiera en lo
interior: cambiamos de piel, de ideas, de afectos, de silencios. Somos
movimiento, somos búsqueda, somos ese gesto antiguo de avanzar, aunque no
sepamos hacia dónde.
Y, sin
embargo, cuando alguien se mueve físicamente, cuando abandona su tierra, cuando
llega a una costa desconocida, nos cuesta reconocer en ese gesto algo que
también nos pertenece. Quizá porque nos recuerda que la vida es frágil, que el
mundo es injusto, que no todos tienen la misma luz para caminar.
Las
fronteras no están solo en los mapas. Están en la mirada. En cómo nombramos. En
cómo decidimos si el otro es amenaza o es hermano.
El mar, ese
mar que tanto admiramos, es también un guardián silencioso de historias que
nunca se contarán. Un lugar donde la esperanza y el miedo se mezclan como dos
aguas que no saben separarse.
Y mientras
tanto, nosotros seguimos discutiendo desde la distancia, como si la distancia
nos protegiera, como si la distancia nos excusara.
Pero no lo
hace.
Lo que
ocurre hoy nos obliga a preguntarnos quiénes somos cuando vemos a otros sufrir.
Si queremos ser una sociedad que mira hacia otro lado, o una que entiende que
la dignidad humana no depende del lugar de nacimiento.
No hay
soluciones rápidas. No hay respuestas limpias. Pero sí hay un gesto que siempre
está a nuestro alcance: mirar con humanidad. Nombrar con cuidado. Recordar que
cada vida es irrepetible.
Por eso este
vídeo no habla de migración. Habla de personas. De vidas. De la obligación
moral de no convertirlas en cifras ni en categorías.
Porque
cuando dejamos de ver personas, dejamos de vernos a nosotros mismos. Y mañana
puedes ser tú ese número.
Y hay algo
que la ciencia y la ética comparten: si cada persona del mundo hiciera el bien,
solo al que tiene al lado, la red de cuidados sería suficiente para que nadie
quedara fuera.
Y nada más,
gracias por escuchar. Si quieres profundizar en estas grietas de la vida, en
esos lugares donde uno se quiebra y aun así sigue, te invito a leer Mi
Horqueta, mi libro, disponible en Exlibric.
Salud para todas

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