SÉPTIMA PARTE:¿Qué tienen en común INTRESS, Manantial, Grupo 5, Leroy Merlín y Hacienda?
El mecanismo del miedo
El amor. Qué palabra tan sobria y tan manoseada, ¿verdad? En las pantallas y las redes te lo venden como una fuerza limpia, una energía rosa que sostiene el universo y que hace que los planetas giren en perfecta sintonía. Te dicen que el amor mueve montañas. Pero se equivocan. Lo que de verdad mueve el mundo es la desesperación por ser amado. Es esa necesidad ciega, casi animal, de que alguien te quiera tanto, pero tanto, como para cometer una locura. Como para plantarse delante de un muro blindado, ponerse una máscara y atracar por segunda vez el Banco de España. Como Nairobi, rompiendo las reglas del juego, poniéndose al frente de las máquinas para imprimir billetes de cincuenta a toda pastilla, desafiando a todo el maldito sistema con una sonrisa de pura resistencia.
Porque cuando llevas toda la vida esquivando los golpes de un sistema frío, cuando te han desnudado el alma en salas de espera y te han puesto etiquetas de saldo, el amor deja de ser un verso romántico. Se convierte en trinchera. Se convierte en resistencia. Es el amor, el maldito y desesperado amor por defender tu derecho a existir, lo que te mantiene en pie cuando las hienas te cercan en mitad de la noche.
Y justo cuando crees que has ganado el pulso, cuando consigues levantar un muro de cuatro paredes en un pueblo olvidado para proteger lo poco que te queda de humanidad, el sistema vuelve a oler tu rastro. No le importa tu resistencia, ni tus batallas ganadas a la muerte. El sistema solo entiende de números, de deudas y de sumisión.
Por eso, el atraco de la maquinaria no se detiene. Das un paso en falso, abres el buzón esperando una tregua, y ahí está. El golpe definitivo de la administración, frío como el cañón de una pistola apuntándote a la frente.
En aquellos días yo todavía asistía al CRL. Como el protocolo manda, a este evento me acompañó mi Preparadora Laboral. Cuando llegamos al edificio oficial, todo parecía extrañamente tranquilo. Un "buenos días" de cortesía, entregar el DNI en el control y cruzar la línea. Estoy convencido de que al vigilante que nos atendió lo conocía de antes; es de esa clase de personas que te cruzas a menudo por la calle sin saber muy bien de qué.
Subimos. Al otro lado de la mesa nos esperaba una funcionaria. No recuerdo su nombre —aunque podría rebuscarlo entre la montaña de papeles—, pero sí recuerdo que tenía un apellido curioso. Explicamos la presencia de mi Preparadora Laboral. Y a partir de ahí, en cuanto el sistema supo quién era ella y quién era yo, se activó el mecanismo de la deshumanización.
La señora de Hacienda empezó a hablarle única y exclusivamente a ella. Me borró del plano. Explicaba el caso mirándola fijamente, como si yo fuera un mueble, un jarrón, un puto fantasma. Tuve que plantarme y decir en alto, rompiendo la tensión del despacho:
—¿Pero por qué no me mira a mí?
—¿Pero por qué no me mira a mí?
¿Saben cuál fue su respuesta? Mirar a mi preparadora con desprecio y soltar:
—Hacienda... esta persona... ¿está bien aquí o corro peligro?
—Hacienda... esta persona... ¿está bien aquí o corro peligro?
Bum. El prejuicio. El estigma disparado a bocajarro. Acto seguido, empezó a exigir explicaciones sobre un dinero que se había movido entre cuentas bancarias. Un dinero que, por supuesto, había movido el señoro que puso la semilla para que yo naciera. Saqué mis armas: papeles, certificados bancarios oficiales, documentos notariales. Lo puse todo sobre la mesa. Y entonces, la señora de Hacienda levantó las manos. Y esto no es una metáfora. Levantó las manos como si la estuviera atracando con una recortada y soltó:
—Esos papeles no los toco, porque a lo mejor los ha falsificado usted.
—Esos papeles no los toco, porque a lo mejor los ha falsificado usted.
En ese instante precise, caí a un lugar muy oscuro. Sentí cómo las paredes se cerraban sobre mí. A partir de ahí, todo fue a peor.
Para la segunda reunión busqué refuerzos. Fui con una abogada que me habían recomendado. Le entregué toda la documentación con diez días de antelación para que se pusiera al día, para que trazara una estrategia de defensa. ¿Su brillante conclusión diagnóstica? Que no se podía hacer nada. Que solo podía pagar.
Y pagué. Pagué a Hacienda. Pagué a la abogada. Y pagué, sobre todo, en lo más profundo de mi ser. Volví a pagar con mi propia sangre. Tenía la certeza absoluta de que me estaban engañando. Me hicieron pagar unos intereses brutales cuando a la deuda solo le faltaba un mes para caducar, para prescribir. (Por cierto, con el SEPE tengo una historia de prescripciones buenísima que ya contaré en otro momento). Estoy completamente seguro de que estuvieron aguantando el expediente en un cajón hasta el último maldito momento para poder cobrarme más.
Hagan cuentas: mis ahorros eran 16.000 euros. Los ahorros de toda una vida trabajando y sin gastar en nada, estirando cada céntimo, especialmente en los últimos meses al no tener ingresos continuos. Me desplumaron en diez minutos. Ese dinero se lo tenían que haber reclamado al señoro de la semilla, pero la genial opción que me daba Hacienda era que yo denunciara al señor Evaristo. El tipo que me tiene en propiedad como mi puto padre, siendo yo su hijo. Pero aquí es donde aparece esa fe católica que te incrustan desde niño en el cerebro: "Honrarás a tu padre y a tu madre". Aprendí tarde las consecuencias de ese dogma, pero las aprendí bien.
Me fui a mi hogar, a mi refugio antinuclear en el pueblo, y me lamí las heridas.
Ahora saquen sus propias conclusiones. Tiempo después, le pedí a la abogada que me hiciera otro trabajo menor, algo menos llamativo. Cuando lo terminó, me dio la información y la solución. Le pregunté cuánto le debía y me dijo que ya me mandaría la factura. Se la he pedido por correo, por WhatsApp, por teléfono... y nada. Silencio absoluto. Me ha hecho un ghosting de manual. Y ojo, que la deuda todavía no ha prescrito.
Para el mundo de la psiquiatría, mi teoría se justificará rápidamente detrás de mi diagnóstico de psicótico. Es la salida fácil del sistema. Pero mi teoría, la de una persona que ha aprendido a mirar las grietas del asfalto, es otra: la abogacía y la hacienda llegaron a un pacto bajo cuerda. Las hienas no se muerden entre ellos cuando hay carne fresca que repartir.
A día de hoy lo sé. Sé perfectamente que podía haberme defendido. Podía haber plantado cara en ese maldito despacho, exigir un cambio de funcionaria por puro prejuicio y obligarles a registrar cada uno de mis documentos. Tenía las pruebas. Podía haber luchado y no pagar ni un solo céntimo de una deuda que me reclamaban a mí, pero que le correspondía al señoro. Al tipo que me robó. Porque esa es la verdad desnuda: me robó, y no era la primera vez que lo hacía.
Pero en ese momento, con el cañón del sistema apuntándome a la cabeza y el peso de las hienas rodeándome, me faltó el aire. Te queda la rabia de saber que el juego estaba ganado, pero que la maquinaria del miedo sabe perfectamente en qué momento golpear para que te entregues.
se acerca el final...
Salud y Amor.

Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu comentario